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La Coctelera

amalfitano

"Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear"

15 Septiembre 2007

En el cadalso

Cada mañana ella cambia el papel donde caga su perro. Escoge con ritual a un personaje en el diario, y condena su retrato a las cacas del chucho. Hoy es mi foto la que espera la mierda.

Tags: microrrelato

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19 Mayo 2007

Hoy por fin su sonrisa

Llevo casi media hora aquí sentado y ni rastro de Sara. Empiezo a estar harto. Bueno, ella dijo que vendría, ella va a venir. Y este camarero parece tonto, una hora para atender a cada mesa, ni que la terraza fuera tan grande. Llevo un rato haciendo gestos y sé que me ha visto. Ahora viene. No, no viene, el idiota. Se vuelve dentro, con sus pantalones negros caídos. Parece que lleva pañales. Y ahora se va y otra hora a esperar, verás.

O puede que Sara no venga. Pero sí, yo la oí claramente, le dijo a Milagros que vendría, a las ocho estaré en el Real, eso dijo. Así que hace un par de horas Sara iba a venir seguro, en la oficina ella estaba convencida. Aunque puede que haya pasado algo, o puede que haya cambiado de opinión. Tampoco es de extrañar, ya me lo ha demostrado tantas veces. Si una cosa hace es cambiar de opinión, y decir una cosa y hacer otra y dejarte con un palmo de narices. Oí que vendría y lo dijo de espaldas a mi, pero se rió y yo casi vi su boca, esa boca grande y hermosa como de payaso triste que tiene Sara.

Ahora viene el tonto del camarero. Va pasando entre las mesas y responde sin pararse, viene hacia mí, por fin viene hacia mi. Pido otro vaso de leche, y me mira como si fuera un bicho raro, y yo me quedo mirándole con cara de qué pasa, qué te pasa. Ya se va, con su camisa blanca y sus pantalones negros caídos. La terraza está llena, todas las mesas ocupadas menos una. Ojalá nadie se siente en ella y venga Sara y se siente ahí. Así podré verla bien, y desde aquí el camino hasta su mesa es bastante directo y puedo llegar en unos segundos. Porque voy a ir y hoy por fin tengo algo para Sara.

Ayer Sara me miró desde su sitio, cuando yo esperaba en la máquina de café. Siempre que Sara está en la oficina intento que ella sepa que estoy ahí, que existo. No sé cuántos viajes hago a la máquina de café, tantos vasos de leche cada día para que ella me mire y me sonría con su boca grande de payaso triste. Ayer me miró y yo no aguanté su mirada, yo siempre tan torpe esperando a que algo ocurra y entonces no sé qué me pasa y nada ocurre porque aparto la mirada.

Ahí viene por fin Sara, qué guapa, viene con Milagros. Mierda, se me ha caído la leche. Dios, los pantalones, qué torpe. Tendré que esperar a que se sequen, no me voy a levantar con los pantalones mojados. Siempre me tienen que pasar estas cosas.
Me da igual. De hoy no pasa, hoy por fin estoy aquí, hoy lo voy a hacer. Y me da igual lo que pase después.

Ahora Sara mira hacia el cielo antes de sentarse y hace gestos de que puede llover. Hay nubes grises, nubes negras. No va a llover, Sara, hoy no llueve. Se queda en la terraza, no, se va adentro. Así va a ser más difícil llegar hasta ella y no sé, habrá más gente y será más difícil salir o yo qué se qué pasará después.

Ya voy, ya tengo que ir. Se me va a salir el corazón por la boca, espero no desmayarme y que mi mano torpe sea ahora precisa. Me levanto y voy y me acerco, camino rápido entre las mesas, tengo el camino libre, compruebo que lo llevo en la mano. Sí, lo siento húmedo en la mano, debajo del abrigo, lo aprieto fuerte. Creo que me he pinchado, puede que mi mano esté sangrando. Da igual, sigo hacia dentro, ya veo a Sara, se está riendo, con su boca grande de payaso triste, sigo hacia ella. Sara levanta la mirada, mira hacia mi pero no me ve, sigue hablando y riendo y seguro que ahora va a dejar de sonreír.

Ya lo saco del abrigo, ya llego a donde Sara y ahora sí se queda mirando. El camarero de pantalones negros aparece por mi derecha y no me ve, la bandeja cargada con vasos me da con estrépito en el ojo, pierdo el equilibro y caigo. Mi cabeza ya
se golpea violenta contra el respaldo de una silla de madera oscura y maciza, pero no me duele porque ya no siento nada, sólo un calambre de calor. Y ahí está mi cuerpo, ridículo entre los vasos y cafés derramados, y ahí las tres rosas rojas como tres luces en el barro, el ramo desordenado y sucio en el suelo, a dos metros de Sara, que asustada se tapa con la mano su boca grande y hermosa de payaso triste.

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19 Mayo 2007

Taxi, taxi

Cuando Juan miró el despertador casi saltó de la cama: las 9 y media. La cita era a las diez. Con Enriqueta, la mejor cliente, la más antipática. Llegar tarde no era una opción. Calculó que tenía unos 10 minutos para levantarse, ducharse, afeitarse, escoger corbata, vestirse, limpiar y calzarse los zapatos, dar de comer al perro, tropezar con la lámpara de pie, recoger la lámpara de pie y salir a la calle. Salió de casa a las nueve y cuarenta y un minutos. Llovía a mares.

Taxi, taxi. Al borde de la histeria, buscó la lucecita verde flotando sobre la estampida de tráfico que avanzaba hacia él. Entonces oyó como gritaban a su espalda: “Hep! Pasajero!” Confundido, corrió hacia el taxi libre desde donde le habían llamado, y entró atropellado por la puerta de atrás. Nueve y cuarenta y ocho. Enriqueta le esperaba en Plaza de Castilla, serían unos 25 minutos. Justo, muy justo. Pensó en disculpas rápidas y absurdas, bueno, 10 minutos de retraso no es nada. Sin tiempo siquiera para pronunciar el destino, oyó cómo el taxista decía, con la mirada severa clavada a través del espejo retrovisor: “A la Plaza de Legazpi, y tengo un poco de prisa”. Juan abandonó el retrovisor y le miró directamente, “¿Disculpe?”, pero el taxi arrancaba ya bruscamente, haciendo que se tambaleara hacia atrás, y se dirigía hacia el sur de Madrid, en sentido contrario a donde le esperaba Enriqueta. Sintió como si huyera de ella, lo que le alivió de una manera extraña. Tardó unos segundos en reaccionar. Se echó de nuevo hacia adelante, acercándose al conductor, y preguntó “¿se puede saber qué hace?” El conductor le indicó que se callara llevándose el dedo a los labios, y señaló la pegatina en la ventanilla, a sólo unos centímetros de la cara de Juan: “Derechos del Taxista”, y debajo: “elección del recorrido, regulación de la temperatura y el volumen en el interior del vehículo…” Lo leyó dos veces, pensó que aquello era una pesadilla. En seguida se dio cuenta de que no estaba soñando: intentó hablar en inglés fluidamente y no fue capaz (en sus sueños, Juan hablaba un inglés correctísimo).
Entonces miró a su alrededor: la gente saltaba de portal en portal, escondiéndose de los taxis libres que acechaban desde la calzada. Cualquier cosa servía de refugio: los coches aparcados, los quioscos, las cabinas telefónicas. La ciudad entera parecía en guerra, una guerra absurda bajo la lluvia, un estado de sitio en el que los taxis patrullaban las calles a la espera del pasajero incauto para transportarle a destinos insospechados. A unos metros, una señora se echaba las manos a la cabeza, lamentándose de que había caído: delante de ella, un taxi esperaba con la puerta de atrás abierta. Un poco más allá, dos ejecutivos discutían con un taxista, al que intentaban convencer de que tenían el coche aparcado a sólo una manzana de allí. Pero el taxista, inflexible, no iba a ceder ante su presa.
Las diez menos un minuto. Juan pensó fugazmente en Enriqueta y sintió un mareo. La lluvia se hacía más pesada y más gris. Intentó pensar en un plan. Esconderse, huir, tomar el autobús, alquilar un coche. Hizo parar el taxi, y tras discutir brevemente sobre la tarifa, “o cobro o cobras”, le dijo el taxista, pagó y se preparó para lo que nunca había imaginado que le sucedería: salir al campo de batalla, a cuerpo descubierto.

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16 Abril 2007

Relato - rubor luminoso

Fran es un imbécil. Fran es mi hermano mayor, y es un completo imbécil. Tiene tres años más que yo, acaba de cumplir 17. Por su cumpleaños organizó una fiesta en la cabaña, mientras mi madre visitaba a los abuelos en la ciudad. A la fiesta vinieron muchos chicos y chicas, pero yo no quise ir, y además Fran no me habría dejado ni acercarme. Odio cómo Fran se ha adueñado de la cabaña, como si fuera suya. Yo suelo ir cuando él está fuera de casa, porque no quiero ir a la cabaña cuando está Fran, y él no quiere que yo vaya nunca. Muchas veces duerme allí. Yo le digo que no es su maldita cabaña, y el se ríe y me llama niño mimado. No soporto que Fran me llame niño mimado. Cuando éramos pequeños pasábamos días enteros en la cabaña, jugando e inventando historias. La cabaña era entonces el refugio de corsarios y filibusteros, rodeados de tiburones y de enemigos sanguinarios. Desde que papá no está nunca ha sido lo mismo, porque Fran ahora es un imbécil.

Ayer soñé otra vez con el día de verano en que conocí a Amanda. Amanda era la hija de Los Gordos, los mejores amigos de papá y mamá. Aquel domingo, Los Gordos vinieron con Amanda por primera vez a la barbacoa que papá hacía en el jardín. Yo no sabía que Los Gordos tuvieran una hija, y papá nos dijo después que Amanda estaba muy enferma, y que por eso nunca salía y estaba siempre en casa y no tenía amigas. Amanda era como un ángel, pero no un ángel con alas y con espada y con luz, sino como un ángel de mirada limpia y bondadosa. Los Gordos venían mucho a casa cuando estaba papá, ahora ya no. Porque mi madre ya no recibe a nadie en casa.

Amanda comía verduras en un plato de plástico, y me acerqué a ella con mi montaña de salchichas blancas y rojas. Hacía un calor insoportable, y Amanda se refugiaba bajo una sombrilla blanca con enormes soles amarillos que habían traído sus padres. Fran hablaba con mis padres y con Los Gordos, y todos se reían con los gestos y aspavientos que hacía con sus brazos de mono, porque mis padres y sus amigos y casi todo el mundo decía que Fran era muy divertido. "Hola". Amanda se puso muy colorada y me miró sólo medio segundo. Amanda siempre se ponía muy colorada, y como era muy blanca, su cara se encendía y parecía un fósforo, como Fran cuando hacíamos apuestas para ver quién aguantaba más sin respirar. Fran siempre me ganaba. "¿No comes salchichas? Están muy buenas.." "No sé si me gustan", me dijo, "nunca las he comido, no puedo... " La voz de Amanda era dulce como el terciopelo. La voz de un ángel. "Soy Coli", me presenté. "¿Coli? Qué nombre más raro", dijo mirándome a los pies. Sentí vergüenza porque llevaba puestas mis viejas sandalias. "Me llamo Nicolás pero me llaman Coli. Y tú eres Amanda", dije con curiosidad, intentando que retirara la mirada de mis sandalias. "Yo me llamo Amanda y me llaman Amanda". Me miró: "¿Sabes? Los dedos de tus pies se parecen a los espárragos que me estoy comiendo". Entonces se rió, y nos reímos juntos, y yo ya nunca olvidé su risa.

Cada día desde entonces pasaba en bicicleta por delante de su casa. A veces Amanda no podía salir, y yo me volvía a casa y esperaba aburrido a que pasaran las horas y volviéramos a vernos. Cuando podía salir, pasábamos la tarde en los columpios de su casa: yo leyendo en voz alta libros de aventuras, ella escuchando con los ojos cerrados, sonriendo dulcemente; yo mirándola a los ojos, ella sonrojándose con esa luz en su cara que se encendía como un farol. Como un farol de fósforos.

Un día, mientras estábamos en el jardín de Amanda, Fran pasó con su moto y se detuvo un rato a mirarnos, sin saludar. Tras un momento, arrancó ruidosamente y se fue dejando un rastro de hojas revueltas. "Ese era mi hermano y su dichosa moto", dije con malhumor. "Algún día se va a romper la crisma". "Ya", dijo Amanda con desinterés. "Es muy guapo". La miré sorprendido y un poco dolido por el comentario, y ella sólo se puso rojísima, tan roja que pensé que se iba a poner a arder y tendría que apagarla.

Un día de septiembre, fui a la cabaña a buscar un libro para Amanda: La Isla del Tesoro, en una edición ilustrada que había leído muchas veces desde que era pequeño. Era mi libro preferido. Quería enseñarle a Amanda cómo era en realidad Long John Silver, porque la imagen del pirata estaba grabada en mi desde las páginas de aquel libro para siempre. Fran estaba en la cabaña: "Vaya, ¿el niño mimado se ha puesto guapo para ir a ver a su novia?", preguntó burlón. "No es mi novia, y no te importa", contesté. Fran salió silbando de la cabaña y cerró la puerta. Mientras buscaba el libro en el gran baúl, oí como daba vueltas a la cerradura con la llave desde fuera. "¿Qué estás haciendo?", grité. Entonces oí la risa furiosa de Fran. Yo corrí a la puerta y empecé a golpearla, gritando amenazas desesperadas para que me dejara salir. Desde el otro lado, Fran se burlaba con la risa desencajada. Le supliqué que abriera la puerta. No podía faltar a mi cita: había prometido a Amanda que le llevaría el libro y lo leeríamos juntos, y ella esperaba con impaciencia. La imaginé en el columpio, mirando hacia la verja, esperando a que yo llegara. Cuando dejé de oír a Fran abandoné la idea de salir por la puerta: había cerrado con la llave y era imposible abrir desde dentro. La gran ventana estaba atascada desde hacía años. Papá había prometido que la repararía, pero así pasaron los meses y los años: la ventana nunca se abriría.

Pasadas las horas, mi madre vino a liberarme con la segunda llave, la que se guardaba en la casa. Cogí la bicicleta y me dirigí a toda velocidad a casa de Amanda, dejando atrás a mi madre con su bata azul y sus protestas. Ya anochecía, y Amanda no estaba en el jardín. El columpio vacío balanceándose lentamente me llenó de tristeza. Miré a la casa: de la habitación de Amanda salía una luz anaranjada. Alguien se asomó fugazmente entre las cortinas y desapareció.

Al día siguiente no vi a Fran. A la hora de comer, papá dijo en la mesa muy serio que Amanda, la hija de Los Gordos, había muerto esa mañana. Oí a mi madre llorando muy bajito, sentí cómo el segundero del reloj de la cocina se detenía
y todo dejó de tener sentido a mi alrededor.

Ahora miro las hortensias del jardín, y las flores rojas son ya el rubor luminoso que un día vi en la cara blanquísima de Amanda, en una tarde de calor insoportable del mes de julio.

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14 Abril 2007

Greguerías: la pupila

la pupila es el ratoncito inquieto que todo lo tiene que mirar

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14 Abril 2007

Greguerías: niña

Saturno, esa niña regordeta jugando al Hulla-Hop

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11 Abril 2007

greguerías: el mimo

el mimo conoce el secreto de la tristeza y no lo puede revelar

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11 Abril 2007

greguerías: el mar

las olas son las campañas de marketing del mar

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